dijous, 15 de maig de 2008

ME BASTA ASÍ

Si yo fuese Dios y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría (a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir: con la boca),
y si ese sabor fuese igual al tuyo,
o sea tu mismo olor,
y tu manera de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro:
pongo tanta atención cuando te beso—;
entonces, si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico,
pero quiero aclarar que si yo fuese Dios,
haría lo posible por ser Ángel González para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma a que te crees
tú misma cada día a que sorprendas
todas las mañanas la luz recién nacida con tu propia luz,
y corras la cortina impalpable que separa el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre, yo, mojado todavía de sombras y pereza,
sorprendido y absorto en la contemplación de todo aquello que,
en unión de mí mismo, recuperas y salvas, mueves, dejas abandonado cuando
—luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).

ÀNGEL GONZALEZ.